Queramos o no y por mucho que lo evitemos, tendemos a
etiquetar todo cuanto nos rodea. Los lectores tampoco se libran de esta
diferenciación y, hoy por hoy, son divididos en varios grupos. No voy a entrar en
detalles y mucho menos voy a analizar la veracidad de este desglose. Creo que a
un buen lector es más difícil etiquetarlo porque no tiende a una sola forma de
lectura o un solo género sin despreciar, en absoluto, la coexistencia de un
gran clásico como Guerra y paz de
Tolstòi o El código Da vinci de Dan Brown sin caer en un análisis exhaustivo
sobre la calidad o no del texto. Hay libros capaces de emocionar por su lírica
y otros cuyas historias están creadas para entretener. La pasta es pasta aunque
algunos la prefieran con una elaborada salsa carbonara y otros pasen
directamente al bote de tomate frito.
Los de la carbonara serían los lectores intelectuales,
capaces de despreciar una buena historia de base por su sencillez o porque su
propia naturaleza elevada les obliga a no conformarse con lenguajes no filosóficos
o poco elaborados. Catalogan la literatura como de primera o de
segunda como una distinción clasista manida y discriminatoria.
En el otro extremo, los del bote de tomate serían los
lectores impacientes, los que se saltan sin consideración las partes
narrativas: descripciones, explicaciones, divagaciones, etc. Como un amante que
se ahorra los preliminares y pasa directamente al “asunto” perdiéndose la seducción,
las caricias y la atención en los detalles que más excitan al otro.
Personalmente, unos días me gusta la carbonara y otros
una salsa de tomate menos elaborada, pero con su cebollita caramelizada. (Se
nota que es la hora de comer ¿verdad?).
Pero esta es la historia de siempre y no descubro nada
nuevo.
En realidad, poco importa que sean de trama atractiva
o de lectura metafísica, los vemos por todas partes y acabamos rendidos a la
novela de la que habla todo el mundo. ¿Así que por qué lo negamos?
No voy a condenar a nadie ni a tirar la primera
piedra. Creo que recurrir a los libros best-seller es lo más fácil para un
lector y, no nos engañemos, cada vez somos más perezosos. Ya no nos levantamos
para cambiar de canal, vamos en coche a la tienda que está a menos de 500
metros y nos encantan las compras on line. Lo lógico es echar un vistazo a la
mesa o a la lista de novedades o best-seller confiando en el criterio de los
demás y ahorrándonos arriesgar nuestro dinero y tiempo.
Recuerdo que cuando era universitaria podía pasarme
horas dentro de una librería hurgando en todas las secciones en busca de “El
libro”. Nunca fallé. Me saltaba las mesas de libros destacados guiándome de mi
instinto adentrándome en títulos originales y portadas que me cautivaban. Hoy por hoy, con el tren de vida que llevamos es muy difícil sacar tiempo para perdernos entre libros. Creo
que para mi cumpleaños, y con los cuarenta tacos a la vista, ese será el regalo
que me haga; una mañana entera en busca del cofre del tesoro con todo el tiempo
del mundo.
Otro aspecto a destacar por el que acabamos leyendo
best-seller es el poco ánimo que nos queda para arriesgar. El dinero no es
ilimitado y su falta da muchos quebraderos de cabeza, lo lógico es querer emplearlo
bien y conlleva más seguridad gastarlo en un libro que ha gustado a miles de lectores,
aunque esos lectores hayan llegado a él por su despliegue publicitario.
No culpo al lector de best-seller…, pero permitidme
ser la nota discordante, la que arriesga, la que emplea tiempo para ser
selectiva, la que confía en su propio criterio, la que no quiere las lecturas
accesibles ni que le indiquen qué leer, bombardeando su día a día con las
mismas portadas y los mismos títulos, la que cree en autores menos conocidos o
nuevos sin ese gran respaldo editorial y sus campañas de marketing.
No, no he leído a Dolores Redondo, ni a Aramburu, ni a
La chica del tren, pero he leído grandes obras de autor que han suplido, con
creces, mis expectativas.
¿Y tú? ¿Qué tipo de lector eres?




